Cegados por la primera impresión

Primer contacto y metemos a la persona en un casillero. Saber sumar matices y no ver solo los que confirman nuestras certezas preconcebidas es la mejor manera de evitar la parte ciega de nuestro programado cerebro.

Nuestro cerebro solo necesita dos décimas de segundo para formarse la primera impresión. Esa sensación inconsciente que decanta nuestro corazón hacia un lado u otro proviene de nuestra amígdala, una estructura cerebral que da cuenta de nuestras emociones y a la que la evolución ha programado para decidir lo más rápidamente posible si un extraño es peligroso o no basándonos solo en algunos detalles, pues de ello depende nuestra supervivencia. Así era, al menos, en el caso de nuestro antepasados. Si sus neuronas se hubieran dedicado mucho tiempo a recabar información, quizá la conclusión habría llegado demasiado tarde. En el juicio rápido que hacemos de los desconocidos juega un importante papel nuestra experiencia pasada. Si algo de su aspecto nos recuerda inconscientemente a alguien que nos perjudicó, nos sentiremos amenazados.

La parte peligrosa de nuestra primera impresión no es solo que pueda estar equivocada, sino que es determinante, marcando las percepciones posteriores de tal manera que no tenemos en cuenta si éstas apuntan a otra dirección.

Ideas blindadas

Existen dos fenómenos psicológicos culpables de que nos sintamos cargados de razón a la hora de crear un juicio a partir de una primera impresión: la atención selectiva y la profecía autocumplida.

La necesidad de ordenar el caos del mundo es algo innato en los humanos, por eso, vamos clasificando mentalmente toda la información que recibimos y, una vez que una idea ya tiene su lugar, nos dedicamos a apuntalarla, escudriñando la realidad en busca de los datos que validen nuestras certezas y pasando por alto las informaciones contrarias. No podemos evitar seleccionar la información y crearnos expectativas.

Evitar incongruencias

Nos gusta gustar a todo el mundo y, si lo sumamos al determinismo de la primera impresión, no es fácil mantenerse tranquilo cuando vamos a conocer a alguien, lo que puede provocar que cometamos muchos deslices. El error por excelencia es la actuación. Actuar provoca una incongruencia entre nuestros gestos y nuestras palabras que no pasa desapercibida al inconsciente de nuestro intelocutor. Ser nosotros mismos es la mejor manera de causar una buena primera impresión. Sin embargo, la raíz de la primera impresión que causamos a los demás se encuentra en la impresión que tenemos de nosotros mismos. Dejar de preocuparnos tanto por la imagen que proyectamos y ocuparnos más de cómo estamos con nosotros mismos puede ser un sabio camino.

Fuente: artículo de Jenny Moix para XL Semanal

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2 pensamientos en “Cegados por la primera impresión

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